

Crisis, indignación y democracia
Pere Almeda – Analista político y coordinador de la web laideafederal.org

La crisis nos supera. O mejor dicho, las distintas crisis que padecemos, nos superan. Acumulamos urgencias ecológicas, políticas, económicas, sociales y presagiamos el colapso del sistema. Sin embargo, mientras nos ahogamos en las penurias de una cotidianidad precaria, la gran mayoría de la ciudadanía permanece desarmada sin saber como reaccionar, anestesiada por los falsos deseos de la sociedad del ocio y el consumo y la hiperealidad publicitaria que nos abruma.
Somos espectadores de un escenario cada vez más complejo e indescifrable y observamos los sucesos a partir de una retransmisión fragmentada y banal, fruto de relatos superfluos y análisis inconsistentes que aumentan la sensación de confusión e incertidumbre, en medio del cultivo del miedo y la indiferencia.
Desacreditadas las ideologías y agotadas las cosmovisiones que pretendían dotar de sentido pleno a los proyectos colectivos de gran alcance y reducida la democracia al voto cada cuatro años, nos movemos a oscuras en la fragilidad de la sociedad líquida y permanecemos atomizados y sometidos a unas dinámicas globales que no conseguimos comprender, ni dominar.
Todo apunta a que estamos inmersos en una transición sistémica, pero aún es pronto para adivinar hacia donde se dirigen los cambios. Intuimos el fin de una época y con ella, todo aquello que la ha definido. Los viejos modelos teóricos se han quedado obsoletos y ya no sirven para resolver los retos del presente, muy vinculados a la sostenibilidad y a su gobernabilidad, pero aún pretendemos hacer frente a las diversas crisis con un hardware y un software desfasado y que ha demostrado su obsolescencia.
Una de las causas de la fractura actual proviene de la disociación entre las escalas del poder económico-financiero que opera a nivel global y el poder político, inoperativo ya en la esfera estatal, y que ha provocado un grave desequilibrio en la gobernanza mundial, condenando la política democrática a la irrelevancia. La política es hoy, una marioneta en manos de los sacerdotes de las finanzas y el peligro de un coporate gorvenment sin contrapoderes efectivos y legítimos, es una amenaza real.
Constatamos también, como la política en su forma actual, fracasa ante la presunta ingobernabilidad de la sociedad del conocimiento. La política no se nutre del saber, y si en cambio, de un personal poco meritocrático y endogámico, cuando no incompetente y cautivo de la partitocracia y sus redes clientelares.
La democracia representativa ideada hace más de tres siglos en el momento de la Ilustración, permanece fosilizada en sus formas y procesos y ahora es vaciada de contenido y de poder decisorio real. Las instituciones políticas ya no responden a la complejidad del mundo de hoy y han perdido funcionalidad, credibilidad y generan desafección y rechazo explícito ante su inmovilismo. La lógica de la intermediación y el sistema institucional que deriva de esa arquitectura representativa está seriamente dañado. No podemos continuar con el mantra, repetido hasta la saciedad, que la democracia actual es el sistema menos malo que hemos sido capaces de crear. ¡Qué gran falacia! Cada vez que alguien repite esta futilidad expresa su inoperancia e incapacidad para imaginar y construir un futuro mejor.
En un momento de grandes y graves tensiones es imperativo buscar nuevas miradas e ideas que ayuden a moldear nuestro porvenir. La realidad de hoy exige ser contemplada de manera no convencional y reinterpretada en toda su complejidad. Una verdadera cultura política democrática sólo se desarrollará allá donde se supere el miedo a la complejidad. Cada época plantea nuevos problemas, que a su vez requieren de nuevas herramientas conceptuales para poder interpretar esa realidad. Nuevos paradigmas que definirán una nueva etapa histórica.
Tenemos la obligación de repensar nuestros sistemas democráticos y hacerlos evolucionar. Podemos progresar democráticamente, el sistema es perfectible. Como en tantos otros ámbitos de nuestra vida o la tecnología. Los principios de "Liberté, égalité, fraternité" aplicados a la sociedad de hoy, piden a gritos, una reactualización de todo el framework democrático y también la definición de un nuevo tipo de usuarios, de una nueva ciudadanía.
Nada es inevitable. No existe convención social, económica o política que se resista al anhelo de mayor justicia y equidad. Todo depende de nuestro ingenio y fuerza para hacer frente al momento actual y seguramente también, de mantener intacta nuestra capacidad de indignación, que cada individuo atesora, para percibir la injusticia que conlleva.
Esa indignación que encendió la mecha de la primavera árabe contra las cleptocracias dictatoriales y ante los graves abusos de los regimenes corruptos que gobernaban y siguen gobernando despóticamente tantos países. Revueltas que han sido un espejo en todo el mundo para tomar conciencia de las posibilidades de cambio y transformación cuando la ciudadanía se activa. A pesar de que su desenlace aún es incierto y las fuerzas del status quo permanecen para que todo siga igual.
Es precisamente el concepto de righteous indignation o de indignación justa, que ha motivado a parte de la ciudadanía de nuestro país a salir del letargo en el que estaba sumergido, trasladando el malestar social a la calle para protestar contra la grave crisis de legitimidad del sistema y la dirección de los acontecimientos que estamos viviendo. Existe una percepción generalizada de que las preocupaciones de la gente no llegan a los representantes y que estas no son atendidas por las instituciones. Ante la quiebra del sistema representativo, que claudica ilegítimamente y sirve a los dictados e intereses de otros, al grito de “no nos representan” una parte de la sociedad ha iniciado un proceso propio de empoderamiento y compromiso. Como decía Forges en una viñeta: "Los jóvenes salieron a la calle y súbitamente todos los partidos envejecieron".
Una movilización heterogenia, con fuerte protagonismo de las sufrientes clases medias y con un componente interesante de vínculo intergeneracional o de alianza natural entre la juventud y la vejez (léase S. Hessel y tantos otros) como representantes de antiguas luchas emancipatorias. Una movilización que tiene muy presente los conflictos y las luchas previas de este ciclo histórico, iniciado a finales de los noventa, con la aparición de los denominados nuevos movimientos sociales vinculados a la definición de alternativas a la globalización neoliberal y que no se conforma, ni se deja instrumentalizar y que ambiciona cambios estructurales profundos.
Un movimiento plural y diverso, con un fuerte componente contestario que expresa y denuncia las limitaciones evidentes del engranaje político-institucional, ante los desmanes y las asimetrías de una economía especulativa que denigra la soberanía colectiva e individual, coacciona nuestro progreso y bienestar y saquea nuestra sociedad. Un movimiento que también se expresa como laboratorio de acción social, donde se ponen en práctica nuevas experiencias y metodologías deliberativas y donde se discute abiertamente en streaming, las propuestas para resetear y formatear los nuevos paradigmas cooperativos de un futuro aún por determinar.
El movimiento de la indignación ha tenido un sorprendente impacto en la agenda política y mediática, no solo en Cataluña y en España, sino a escala global, y encuentra en las redes sociales un poderosísimo efecto multiplicador y facilitador de la intervención masiva de los ciudadanos corrientes en la política. Una buena idea puede recorrer el mundo en cuestión de segundos y el movimiento ha articulado de un modo magistral y con gran intensidad, la generación de visibilidad, a distintos niveles, a través del trabajo desarrollado en las plataformas de la red 2.0. y la ocupación y reapropiación simbólica y real del espacio urbano, tomando las calles y las plazas . Creando una estética relacional propia y contribuyendo al encuentro y la producción de comunidades intersticiales de conocimiento, con sus propias dinámicas para la formulación de una nueva conciencia política.
Un movimiento horizontal y sin portavoces definidos como consecuencia de la desconfianza en los liderazgos efímeros, frágiles y circunstanciales de la era de la sociedad mediática, y que rehuye de la sobreexposición para remitirse a un liderazgo colectivo mas sólido que aguante la presión del status quo.
No deja de sorprender, que la reforma de la constitución española para limitar el déficit público y complacer la voracidad de los mercados especulativos, se realizó en el momento de mayor contestación democrática. La política institucional, en momentos de mayor movilización, responde con mayores dosis de despotismo y autismo institucional. Señal inequívoca de la descompensación del sistema y de que algo estructural falla.
Algunos no alcanzan comprender que estamos de nuevo, frente al declive de l’anciene régime y que el reto consiste, tal y como expresa J.Subirats, en saber formar parte del movimiento de renovación de la política, sin pretender representarlo ni capitalizarlo, sino estando en el mismo, aprendiendo a ser retaguardia y si hace falta, abriendo paso para que se consoliden nuevas vías de avance democrático.
La lucha democrática está también en la calle y nuestros representantes no tienen el monopolio de la legitimidad democrática. La democracia ya no tiene sentido si es puramente formal. Tenemos que abrir la democracia a otras esferas de poder que condicionan de manera más determinante el devenir de la sociedad y de las personas. Hablar de una democracia avanzada y de calidad en los inicios del siglo XXI, significa trasladar y extender la democracia a la economía, a las finanzas, a la empresa, a los mass media y a todas las relaciones de poder; abriendo el debate sobre los costes ecológicos y sociales de cualquier acción que nos afecte colectivamente. Significa proponer nuevas lógicas de mercado para ponerlas, sobretodo, al servicio de la sociedad y denunciando los oligopolios y privilegios que distorsionan la democracia. Significa abrir el diafragma de nuestro objetivo, para ampliar la imagen en su totalidad. Relacionando los factores de una mundialización que nos condiciona y transparentando procesos, decisiones y sus consecuencias.
La política democrática debe volver a ocupar su lugar. Recuperando el valor de la política y multiplicando las instancias de deliberación pública, indispensable en sociedades pluralistas y que hoy se amplía también en el ciberespacio. Implica también superar los límites de los Estados-Nación, por arriba y por abajo, para crear dinámicas e instituciones de gobernanza con atribuciones y “jurisdicción universal”, aportando elementos de contrapoder legítimo y representativo y poniendo en marcha proyectos y generando experiencias que demuestren que es posible relacionarse y convivir de otra manera. Pora finalizar, superar los déficits democráticos significa, asimismo, conectar y vincular las decisiones políticas a los distintos recursos de la sociedad del conocimiento que le dan validez.
Hoy más que nunca, necesitamos nuevas instituciones, más complejas, más sofisticadas, con la capacidad de hacer esto y mucho más. Estos son algunos de los retos de la contemporaneidad con toda su complejidad.